‘El Duque’ no se rinde y sueña con volver

VIERA, Florida, EE.UU. (AP) – Orlando Hernández viaja ahora en autobuses alquilados para disputar los partidos de visitante. Aquí no existen los aviones privados, los hoteles de lujo ni las comidas opíparas.

Estas son las ligas menores.

Los juegos se disputan en parques casi vacíos, e incluso un lanzador que ha ganado cuatro veces la Serie Mundial debe cargar su equipamiento. Aquí, “El Duque” es sólo un serpentinero de 44 años que trata de volver al gran escenario.

“Podría ser peor”, dijo Hernández, quien todavía sonríe con frecuencia y sigue mezclando el inglés con el español pero siempre con un marcado acento cubano. “En Cuba, hacíamos viajes de 14 horas en el bus, sin aire acondicionado, comida, música, ni nada”.

“¿Esto?”, pregunta entre risas. “Esto no es nada. Esto es divertido. Podemos jugar pelota con zapatos nuevos y uniformes limpios”.

La Liga de la Costa del Golfo para novatos no es el lugar donde uno esperaría encontrar a un lanzador de su edad en busca de otra oportunidad en las Grandes Ligas. Mucho menos a un hombre que escapó de Cuba, llegó a Estados Unidos y atrajo a los Yanquis de Nueva York, que acabaron contratándolo.

Pero pareciera que ha pasado toda una vida desde aquella época.

Actualmente, “El Duque” recorre los mismos lugares donde muchos prospectos comienzan sus carreras profesionales.

Sin embargo, el martes fue ascendido a la filial de la Doble A de los Nacionales de Washington en Harrisburg, Pensilvania.

En las menores, los equipos están llenos de sueños, y Hernández tiene los propios.

Gracias al acuerdo de ligas menores de los Nacionales, Hernández se siente motivado ante la oportunidad, aunque lejana, de unirse a su medio hermano Liván en Washington. Anhela tanto esa oportunidad que no se permite hacer cálculos sobre las probabilidades reales de lograrlo.

Algunas veces, sí considera que será difícil. Pero así ha sido toda su vida.

Hernández, un fenómeno en Cuba, es uno de los mejores lanzadores surgidos de la isla. Pero después de 1995, cuando Liván huyó, las autoridades en el país comunista prohibieron que Orlando volviera a jugar béisbol, al creer que había conspirado en la deserción de su medio hermano y que estaba dispuesto a seguirlo.

Así, escapó en una balsa a Bahamas en la Navidad de 1997. Se le otorgó mediante una petición de asilo en Costa Rica una visa para ir a Estados Unidos. Más tarde, firmó como agente libre con los Yanquis.

Ganó tres títulos en Nueva York, entre 1998 y el 2004, y otro como relevista de los Medias Blancas de Chicago en el 2005.

“Fue una vida de sueño”, recuerda.

Ahora, debe volver a lo básico.

Hernández tuvo problemas de control el año pasado en Oklahoma City, sucursal de los Rangers de Texas en la Triple A. No ha lanzado en las mayores desde el 2007, cuando estaba con los Mets. En aquel entonces ya poco quedaba de su dominio en el montículo, luego que una serie de lesiones y la edad comenzaron a cobrarle la factura.

Ahora, Hernández suele aparecer en las instalaciones de entrenamiento de los Nacionales antes del alba, y sigue sintiendo la energía para completar el régimen de ejercicios que le impone el equipo.

“Está en mejor forma que nadie más en el béisbol”, consideró Liván. “Es increíble”.

Después de verse afectado por cirugías en un pie y en el dedo gordo, Hernández se ha rehabilitado y se ha mantenido en buena condición. Dice que está saludable como nunca y que tiene más dinero del que podrá gastarse en su vida.

Entonces, ¿para qué lanzar? ¿Por qué vivir lejos de su familia en Miami y en semejante anonimato? ¿Por qué jugar en uno de los niveles más bajos del béisbol profesional, con sólo una leve esperanza de volver a las mayores?”

“Sólo por una razón”, responde. “Amo la pelota”.

La recta de “El Duque” ha perdido algo de poder, y su control no es ya tan sorprendente. No levanta ya la pierna tan alto como antes al lanzar, y ahora más bien tiene el movimiento rápido de un relevista.

Pero algo que sigue intimidando a los bateadores es su nombre. Además, sigue escondiendo la pelota como el mejor, sigue teniendo ese movimiento que enloquece, sigue mostrando una gran ética por el trabajo y una presencia implacable en el montículo.

“Era uno de los competidores más intensos a quien yo he conocido”, recordó el manager de los Dodgers, Joe Torre, quien dirigió a Hernández en Nueva York. “Era un chico en el que uno podía confiar cuando tenía la pelota, porque nunca tenía miedo de competir”.

La edad de Hernández no es necesariamente una limitante para un pitcher.

Jamie Moyer, de los Filis, tiene 47 años; Randy Johnson lanzó la campaña anterior con San Francisco a los 45, y Roger Clemens cumplió 45 en el 2007, su último año en las mayores.

Pero ninguno de ellos volvió alguna vez a la liga de novatos.

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1 Comment

  1. Jorge Alberto Aguiar

    El Duque es todo corazón y cerebro en el terreno, es de la estirpe de los viejos y grandes peloteros que ya casi no se ven, que están en peligro de extinción.

    Solamente un deportista –y un ser humano– como él, con tanta osadía y grandeza y humildad y una gran eticidad, vuelven a comenzar desde el principio.

    Me gustaría escribir sobre su vida renunciando a cualquier tipo de ganancias.

    Sueño una biografía, por ejemplo, y los derechos, poco o mucho, que sirvieran para niños enfermos en Cuba.

    Conocí en La Habana de los noventa a un niño que enfermo de cáncer amaba a su ídolo. Nunca podría jugar béisbol, por lo que me contó su madre, pero todas las noches se iba a la cama con la gorra de Industriales que ponía al lado de la foto del Duque.

    Nunca más supe de ese niño, pero desde aquella mañana –todavía el Duque estaba en Cuba– tuve la idea de la biografía, de un documental, hacer algo que incluyera también a otros grandes de la pelota cubana. Siempre lo he comentado con los amigos íntimos, durante años. Hoy es la primera vez que lo escribo, emocionado por esta noticia.

    Duque, lo sabes, tú puedes ganar muchos otros partidos fuera del terreno.

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