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Félix Isasi. Echar el alma en el terreno

Félix Isasi Mestre derrochó tal destreza, calidad y arrojo en el terreno de juego, que aún muchos años después de su retiro, una frase suya sirvió para graficar la ética de los peloteros cubanos en las primeras series nacionales: echar el alma en el terreno.

Y eso fue precisamente lo que hizo el célebre atleta de 5.9 pies de estatura y cuerpo fibroso durante sus 18 años en las contiendas cubanas.

Ya desde su incursión en el Campeonato Regional de Occidente, en 1964, los técnicos observaban con optimismo el desempeño del joven, nacido en 1947 en la ciudad de Matanzas, capital de la provincia cubana del mismo nombre, que jugaba la intermedia con una prestancia fuera de lo común, a pesar de haber saltado desde las filas juveniles hasta el nivel elite del béisbol cubano.

No se hizo esperar su debut en la III Serie (1963-1964), en defensa del equipo Occidentales, bajo la dirección de Gilberto Torres, y tuvo que enfrentarse al astro Manuel Alarcón en su comparecencia inicial. En dicho desafío, ganado por el oriental 7-1, Isasi conectó dos de sus mil 142 incogibles de por vida.

A partir de entonces todos estuvieron atentos a su ascendente desarrollo, pues pivoteaba a la perfección, cubría un amplio terreno, bateaba oportunamente, y su velocidad en las bases, con acertado olfato para estafar almohadillas, lo convirtieron rápidamente en la comidilla de la exigente fanaticada del país.

De hecho, quedó como líder en bases robadas (15), así como en sacrificios de toques (4), porque era también muy buen tocador. Su promedio de bateo general de .246, le hizo quedar empatado en el séptimo lugar de los toleteros de esa lid, junto con Owen Blandino.

En la IV Serie, Isasi afianzó su juego; pero fue en la V cuando bateó por encima de los .300 por vez primera, al finalizar tercero (.310), solo superado por Miguel Cuevas (.325) y el también matancero Rafael Herrera (.311). En esa ocasión, el intermedista henequenero quedó también al frente de los anotadores con 44 y robadores (24).

Una actuación tan sostenida fue convenientemente evaluada por los directivos cubanos, y el diestro fue incluido en el conjunto menores de 23, que visitó tierras mexicanas, donde su performance estuvo acorde con la calidad demostrada hasta entonces.

En dicho periplo, en el que Isasi bateó a sus anchas, lo que más impresionó fue su explosividad al fildear, lo cual se complementaba con un excelente brazo. Igualmente llamaba la atención algo que lo caracterizó: siempre estaba metido en el juego, y esto lo ayudaba sobremanera a resolver cualquier tipo de situación a favor de su conjunto.

Todos pensaron que el joven, producto de su entrega y buen desenvolvimiento, debió ser incluido en la escuadra representativa de Cuba en los XI Juegos Centroamericanos de Puerto Rico; mas no fue así, pero ello resultó un acicate con vista a la VI Serie cubana (1966-1967).

Su labor en la misma, entonces con los Centrales, no fue menos loable al finalizar por detrás del campeón de bateo, Pedro Chávez (.318) con .317.

En la temporada posterior, la VII (1967-1968), aquella que reunió a doce conjuntos por vez primera, no quedó lugar a dudas e Isasi, con la chamarreta de Matanzas, acaparó el liderato de bateo con soberbio .332, producto de 71 inatrapables en 214 veces al rectángulo.

Por supuesto, ya no había impedimento alguno para que se adueñara del segundo cojín a la defensa y del tercer turno al bate dentro la selección nacional cubana, y con esas responsabilidades partió hacia los Juegos Panamericanos Winnipeg-1967 en Canadá.

Su actividad, tanto en las eliminatorias como en la Serie Extra, ganada por la formación estadounidense en definitiva, fue extraordinaria y se hizo del casillero de las empujadas (10), al tiempo que jugó de forma magistral a la defensiva.

El protagonismo del matancero allí, según testigos presenciales, hizo exclamar a más de un buscador de talentos, que ni en las mismísimas Grandes Ligas había una segunda base con las condiciones del cubano.

De vuelta al torneo doméstico, Isasi formó un trío de altura con Wilfredo Sánchez y Rigoberto Rosique en el equipo Henequeneros, una terna a la que el recordado comentarista deportivo Bobby Salamanca llamó “Los Tres Mosqueteros”.

En la XVII Serie Mundial en Republica Dominicana en 1969, las demostraciones del camarero cubano fueron soberbias, e, incluso, en el juego decisivo contra la escuadra estadounidense, Isasi ejecutó su famoso truco de la bola escondida, que dejó pasmado a la formación rival.

De regreso a Cuba con la medalla de oro al cuello, los Henequeneros brindaron un gran alegrón a los aficionados yumurinos, cuando se proclamaron campeones en la IX Serie Nacional, bajo la batuta de Miguel Ángel Domínguez.

En la misma, “Los Tres Mosqueteros” ocuparon lugares de privilegios desde el segundo al cuarto lugares en el listado de bateadores – Wilfredo (351), Rosique (348), e Isasi (333) con 78 hits en 274 veces al bate.

En las series mundiales sucesivas, Isasi resultó un cinchete: en Cartagena, Colombia (1970), lideró los triples (2) y las empujadas; en Managua, Nicaragua (1972), encabezó los dobletes; en La Habana (1973), anotó más que todos (20), e igualó con otros tres cubanos en cuadrangulares (3).

El estelar segunda base decidió decir adiós a los diamantes 18 años después de su debut, porque “ya no podía entregar el alma en el terreno”.

Este portento del juego fuerte y habilidoso finalizó con un significativo average ofensivo general de .293, como resultado de los ya mencionados mil 142 inatrapables en 3 mil 902 veces al bate. Entre estos, hubo 181 dobles, 17 triples y 45 cuadrangulares. Asimismo, anotó 571 veces, empujó 445, y solo se ponchó en 264 ocasiones.

Su defensa tuvo una eficiencia de .961, la mayor entre los camareros en aquellos tiempos románticos del béisbol cubano.

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