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La ventana

Brayan Pena #29 of the Cincinnati Reds watches his two-run home run go over the right field fence in the eighth inning against the Milwaukee Brewers. (Jamie Sabau/Getty Images)

“¿Qué color deseas?”

Esta es la pregunta que cambió mi vida. Mi amigo sostenía en sus manos dos pares de guantes de bateo. Uno rojo, uno verde.

Mi corazón estaba latiendo fuera de mi pecho. Los guardias de seguridad estaban por todas partes. Traté de actuar con naturalidad, pero yo estaba sudando como un loco.

Era 1999. Yo tenía 16 años de edad, jugando para el equipo nacional cubano. Tuvimos un partido de clasificación para los Juegos Panamericanos de Venezuela, donde mi amigo estaba viviendo. Ni siquiera quiero decir su nombre, porque él todavía tiene familia en Cuba. Cuando llegamos al hotel, él vino a verme y tuvimos una charla normal, riendo y poniéndonos al día.

Luego, cuando no había nadie más alrededor, me susurró, “Peña, si quieres salir de Cuba, esta es tu oportunidad. Estoy dispuesto a ayudarte. Puedo lleverte hasta Costa Rica. Pero tienes que estar seguro. No hay marcha atrás”.

Era mi sueño de jugar en las Grandes Ligas, pero no era como si yo fuera una gran estrella y tuviera un equipo de MLB esperando para firmar un contrato de un millón de dólares. Yo sólo era un gordito receptor de 16 años de edad, de La Habana, que era un jugador de pelota bastante decente. Si me atrapaban tratando de desertar, las consecuencias serían devastadoras. No sólo para mí, sino para toda mi familia. Yo le dije que tenía que pensar en ello.

“Está bien, pero no tenemos mucho tiempo”, dijo. “Mañana por la mañana voy a venir al hotel y te traeré unos guantes de bateo. Voy a tener un par de color rojo y un par verde. Solo tienes que elegir cuáles deseas. El verde significa que tú realmente quieres hacerlo. Rojo significa que olvidamos todo el asunto”.

Esto fue todo lo que se dijo. No podíamos hablar más al respecto, porque siempre estábamos siendo observados por los funcionarios del equipo cuando viajamos a torneos internacionales. No podíamos ni siquiera ir al baño solos. Yo no sabía qué hacer. Pensé en llamar a mi madre y mi padre. Pensé en hablar con mis compañeros de equipo. Pero yo no quería meter a nadie en problemas, así que no le dije nada a nadie. Esa noche, no pude dormir. Me quedé mirando el techo y pensé en lo que podría ser la vida en los Estados Unidos como un jugador de Grandes Ligas. Pero luego pensé en la vida con mi familia en Cuba, mi abuela, mi abuelo, mi hogar.

A las siete de la mañana siguiente, nuestro equipo bajó al vestíbulo para el desayuno y estaba mi amigo con los guantes de bateo en las manos. Se acercó a mí, completamente tranquilo, y dijo: “Hey Peña, qué color quieres?”.

En ese momento, mi corazón se me quería salir del pecho.

“Verde”

Él los arrojó hacia mí. Fui a mi habitación y pensé: “Verde. ¿Y ahora que?”.

Cuando volví abajo, había una carta sellada para mí en la recepción.

“La ventana está abierta en el baño. Sale por ella y te voy a estar esperando en un auto”, decía la carta.

Me senté a desayunar y vi a todos mis compañeros de equipo. Yunel Escobar. Kendry Morales. Mis amigos. ¿Sería que nunca volvería a verlos de nuevo? ¿Era realmente la decisión correcta? Las emociones que pasaban por mi cuerpo eran indescriptibles.

Después de unos minutos, me levanté y me acerqué al tipo de seguridad.

“Hey, ¿hay alguna manera de que pudiera ir al baño?”.

“Sí, pero tengo que ir contigo”.

“Está bien, pero necesito un poco de intimidad, ¿ya sabes lo que estoy diciendo?”.

“Lo siento, pero me voy contigo”.

Caminamos hasta el baño y me volví hacia él y me eché a reir.

“No creo que usted va a querer estar ahí conmigo. Vamos, ¿dónde voy a ir?”

“Bueno Peña, tienes cinco minutos. Date prisa”, me respondió.

La puerta se cerró detrás de mí. La ventana estaba abierta.

Esto era real. Esto estaba realmente sucediendo. Comencé a respirar tan fuerte que pensé que podría perder el conocimiento. En el otro lado de esa ventana podría haber cualquier cosa. Podría estar mi amigo. Podría estar la seguridad (NR: cubana). O podría no haber nadie en absoluto. Podría ser la libertad, o podría ser la cárcel.

Yo no tenía nada más que la ropa que llevaba puesta. Sin bolsa. Sin dinero. Sin pasaporte.

Entonces… me decidí.

Tiré de la cadena del inodoro para hacer un poco de ruido y di un salto y me agarré de la cornisa. Yo estaba entumecido, hombre. Estaba pensando “que esté ahí, por favor, por favor, por favor Dios, que él esté ahí”.

Me arrastré a través de la pequeña abertura …

Y vi a mi amigo al volante de su coche.

Él me hizo una señal de que todo estaba despejado. Golpeé el suelo y empecé a correr. La puerta del auto se abrió, me zambullí dentro, y empezamos a alejarnos. Miré por el parabrisas trasero. Nadie nos estaba siguiendo. El hotel se fue haciendo cada vez más y más pequeño y luego desapareció.

Aún hoy, tengo la piel de gallina sólo de pensar en ese momento.

Yo no tenía nada más que la ropa puesta. Sin bolsa. Sin dinero. Sin pasaporte. Mi familia no sabía a dónde yo iba. Mis amigos no sabían. Y lo peor era que no sabía si iba a ver a ninguno de ellos nunca más.

Pero yo tenía un sueño, y nada iba a detenerme. Cuando el coche llegó a una hora de Caracas, empecé a llorar. Yo estaba tan feliz y tan triste. Tan emocionado y muy asustado.

¿Pero sabes que? Yo era libre.

Algunas personas mientras leen ésto podrían estar pensando: Peña, ¿estás loco? ¿Cómo has podido arrastrarse por una ventana y dejar a todos los que amas y sin siquiera un dólar en el bolsillo?

Pero ¿usted sabe lo que yo llamo la ventana? Fue mi ventana de oportunidad. Usted puede reirse, pero lo digo en serio. Déjeme contarle una historia. Cuando yo era niño, solía jugar béisbol durante todo el día bajo el sol. Pero no teníamos ninguna Gatorade ni nada de eso. Así que solía beber demasiado guarapo (jugo de caña de azúcar). Este es el Gatorade cubano. Cada niño cubano lo sabe. Pero tanta azúcar me hizo un poco gordito, por lo que mi entrenador me dijo que, o bien me ponía dieta, o aparcaba mi trasero detrás del plato y me convertía en receptor.

Me encanta la comida de mi abuela demasiado, así que elegí ser un receptor.

En aquel entonces, era muy difícil de encontrar equipamiento de receptor en Cuba. Yo solía compartir una máscara con otros cinco o seis receptores. El protector de pecho que compartíamos era probablemente de 1959. Pero el mayor problema era que sólo tenía un par de zapatos, tan viejos y gastados, que un dedo dle pie se me salía por el frente.

Entonces, un día, un amigo se presentó con un par de spikes de béisbol que de alguna manera habia sacado de un almacén. Se ven un poco raros, pensé.

“Hey Peña, son de tu tamaño”, dijo. “Pero sólo hay un problema, hermano. Los dos zapatos son del pie izquierdo”.

Era como la Navidad para mí. No me importaba. Dame los dos zapatos izquierdos. Por lo menos tengo zapatos de béisbol reales. Pensé que era genial, hombre. Yo llevaba estas cosas por todos lados, así que podría acostumbrarme a ello. Jugué un año entero con dos zapatos izquierdos. Lo que sea, nunca fui tan rápido de todos modos.

Mi familia pensó que era la cosa más divertida del mundo. ¿Pero sabes qué? No me importaba cómo me veía. Protegía mi pie detrás del plato. Yo iba a hacer lo que fuera para conseguir mi oportunidad de jugar béisbol en el nivel más alto que pudiera.

Cuando yo tenía 10 años, mi abuela Rosa me dijo, “Brayan, sé en mi corazón que tú vas a hacer algo especial en el béisbol. Vas a hacer que nos sintamos orgullosos”.

Para los estadounidenses, esto puede parecer no gran cosa. Este tipo de conversación está en su sangre siempre. Pero en Cuba, nuestra ventana de oportunidad era tan pequeña. Pero saber que mi abuela creía que iba a hacer grandes cosas significaba el mundo para mí.

Y mi abuela tenía razón. Estuve todo un año en Costa Rica probándome ante los scouts (buscadores de talentos) antes de que fuera seleccionado por los Bravos de Atlanta, y después otros cinco años en las Ligas Menores, pero en 2005, mi mánager me llamó a su oficina y me dijo: “Brayan Peña, mañana vas para Boston. Vas a ser un jugador de Grandes Ligas”.

Salí corriendo de esa oficina y llamé a mi familia en Cuba para darles la noticia. Acabamos llorando, y lloramos y lloramos. Mi abuela y mi madre no paraban de gritar: “¡Lo hiciste! ¡Lo hiciste! ¡Lo hiciste!”.

Sé que nunca voy a ser un Salón de la Fama. Puede que nunca gane una Serie Mundial. Pero podría estar dando gracias a Dios todos los días, hasta el día que me muera, por esa llamada telefónica a mi familia, y aún así, todavía ni siquiera puedo dar suficientes gracias.

Yo era un gran jugador de Grandes Ligas.

En los 11 años transcurridos desde ese día, he experimentado tantas cosas. Conocí a mi esposa, tuve hijos, traje a mi mamá y papá a Estados Unidos, e incluso me he convertido en un ciudadano americano. He jugado para los Bravos, Reales, Tigres, Rojos, y ahora los Cardenales.

Pero cuando se habla con los jugadores cubanos que han llegado a los Estados Unidos, siempre hay un poco de dolor detrás de las sonrisas. Porque no podemos ver a nuestras familias en Cuba. No podemos ir a casa. Durante 16 años no pude abrazar a mi abuela, y esperaba que nunca iba a abrazarla de nuevo.

Entonces, la temporada pasada, me pasó la cosa más loca. Mi amiga Leonor Barua, de la MLBPA (Asociación de Jugadores de Grandes Ligas) se acercó a mí y me dijo: “Oye, yo sólo quiero que sepas que estamos hablando con el gobierno cubano sobre un viaje de buena voluntad”. Pensé que era sólo una ilusión. No quería hacerme ilusiones.

Pero luego, en las reuniones invernales, Leonor se acercó a mí con una gran sonrisa y me dijo: “Está sucediendo. Sólo necesitamos un sí o un no. ¿Quieres ir a casa?”

Le dije: “Sí, sí, sí, sí. Mil veces sí”.

Este es uno de esos momentos en tu vida que sientes como que estás en una película. A pesar de que los meses pasaban y yo tenía preparada mi maleta, no se sentía real. A pesar de que tomé el avión con José Abréu, Yasiel Puig, y Alexei Ramírez, no se sentía real. Cuando el avión despegó, no se sentía real.

Yo estaba sentado al lado de Abréu. Arriesgó su vida huyendo de Cuba en un bote pequeño y no había visto a su hijo pequeño en casi cuatro años. Se quedó callado todo el vuelo.

De repente, pude sentir las ruedas del avión bajando para el aterrizaje. Miramos por la ventana y vimos … Hombre, es difícil incluso hablar de esto.

Miramos por la ventana y vimos las copas verdes de los árboles. Vimos nuestro hogar.

Miré a Abreu y le dije: “Esto es real, hombre. Esto es realmente real”.

Ramírez, sólo se echó a reír y reír.

Puig, que salta entonces de su asiento y comienza a bailar en el pasillo.

El asistente de vuelo tuvo que venir a poner todo bajo control.

“¡Oigan Chicos! ¡Tienen que ponerse el cinturón de seguridad!”.

Sólo podíamos decir: “Lo siento, lo siento, lo siento. Estamos tan emocionados. Estamos finalmente en casa”.

Esos 10 minutos desde el momento en que las ruedas salieron y aterrizamos en realidad, se sintieron como dos horas. Cuando salimos fuera del aeropuerto hacia el sol, vi los viejos Chevys y Cadillacs de 1960, y todo era tan especial. En el camino desde el aeropuerto hasta el hotel, vi todos los lugares en que solíamos pasar el rato cuando niño, todos los campos de béisbol y parques.

Pero eso no era nada en comparación con el momento en el que tuve la oportunidad de ver a mi familia.

Por primera vez en 16 años, pude abrazar a mi abuela Rosa.

Gracias a Dios.

Este viaje significaba tanto para tanta gente, no sólo para los jugadores. Ella no podía creer que yo fuera capaz de volver a Cuba en una atmósfera tan agradable y saludable. Me gustaría que todo el mundo que está leyendo esto pueda experimentar la energía y la pasión y el amor corriendo por las venas de todos nosotros.

Cuando llegamos al Estadio Latinoamericano, donde llevamos a cabo una clínica de béisbol juvenil, pude ver lo mucho que eso significaba para los niños.

El Latinoamericano es como el Estadio de los Yankees del béisbol cubano. Este fue el estadio que vi tantas veces en la televisión. Yo había soñado con estar agachado detrás de ese home play desde que tenía 10 años de edad. ¿Y ahora tengo la oportunidad de caminar por ahí y enseñar a estos niños como es ser un jugador de Grandes Ligas? Impresionante. Simplemente asombroso.

Los niños no tienen los spikes de lujo y los bates que tienen los niños de Estados Unidos, pero les encanta el juego tanto o más. No dejan que nada les detenga. Había un chico, recuerdo que su nombre era Mario González. Se acercó a mí y me dijo: “¡Brayan Peña! Sólo quiero decirte que tú, Raisel Iglesias y Aroldis Chapman hacen que los Rojos de Cincinnati sean muy divertidos de ver”.

Yo me dije, ¿Qué? ¿Cómo sabe él todo eso? !Aquí hay un niño de 10 años de edad, en Cuba, que no tiene internet, que probablemente nunca ha salido de La Habana, y que lo sabe todo sobre los Rojos de Cincinnati!.

Nada puede interponerse en el camino de la pasión de un niño y el amor por algo. Van a encontrar una manera de cumplir su sueño.

Escucha, yo no soy un político. Yo sólo soy un jugador de béisbol. Pero sí creo en mi corazón que este viaje es el comienzo de algo especial. Sé que hay un montón de problemas que resolver entre los gobiernos y las Grandes Ligas de Estados Unidos y Cuba, pero todos debemos unirnos para encontrar un camino.

No sé lo que depara el futuro. Pero la gente que toma esas decisiones deben pensar en Mario González.

Esta es nuestra ventana de oportunidad. Tal vez es pequeña. Pero ¿por qué habría de detenernos?.

Tomado de la publicación The Players Tribune, escrito por Brayan Peña.

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4 Comments

  1. Vargas

    De película !!! Impactante cuando te lo cuentan en detalles,gracias por compartir tu historia con tanta humildad ,muy inspirador

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  2. Mario

    Compadre,emocionante relato, para todos los que amamos el béisbol es una dicha y una suerte enorme saber que existen personas como Brian Pena, un buen pelotero,pero un ser humano aun mas extraordinario, mis felicitaciones para el y gracias por poner el nombre de tu pais por delante y por no perder la humildad a pesar de ser un grandes ligas, bendiciones para ti y tu familia, puedes estar seguro que la patria os contempla orgullosa!

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