Santiago Mederos: La ética lanzaba a la zurda

A Santiago “Changa” Mederos Iglesias lo vi lanzar por vez primera en un encuentro contra un equipo juvenil canadiense en 1964, televisado desde el Estadio Latinoamericano, y fue suficiente para los que me rodeaban en casa comenzaran a ponderar sus potencialidades.

En dicho encuentro, que completó en definitiva, el zurdo se presentó con cierta tendencia al descontrol en los inicios, pero a partir del tercer capítulo se compuso, y fue dueño de la situación en todo momento.

Quizá, sin proponérselo, el joven ya estaba enviando las señas del gran lanzador que sería en el futuro, pues ponchó a 12 hombres, y su curva hacia abajo parecía burlar cualquier ley de la física.

Ese propio año, el zurdo de mediana estatura y físico estilizado en comparación con el rompimiento de sus endemoniados envíos, integró el conjunto Occidentales, bajo la conducción de Gilberto “Jibarito” Torres.

Muy poca actuación tuvo el juvenil, porque, en realidad, militaba en un equipo cuajado de lanzadores estelares como Alfredo Street, Vicente Llanos, Jesús Torriente y Julio Rojo, entre otros que ya despuntaban como Gaspar “Curro” Pérez.

Por otra parte, Changa debía madurar aun, pues, a pesar de sus condiciones en bruto, sus lanzamientos, en ocasiones, se divorciaban de la zona de strike en demasía. No obstante, algunos avezados técnicos veían en él un estelar en ciernes.

Y es que el propio Mederos estaba convencido de sus condiciones innatas, pues el número que tomó para la inmortalidad fue el 32, que coincidía con el de otro lanzador- Sandy Koufax-, quien en esos mismos momentos tejía leyendas inmortales en las Ligas Mayores.

Para su empeño de llegar a ser un vencedor, no solo fue imprescindible la tesonera ayuda de su padre, quien ideó tácticas en el patio de su casa para que el muchacho controlara sus lanzamientos, sino que especialistas como Juan Ealo y Fermín Guerra también estaban convencidos de que el muchacho brillaría, y seguían sus pasos atentamente.

Changa, por su parte, se iba convirtiendo en un icono en el seno de sus clubes de ocasión. Su disciplina dentro y fuera del terreno era intachable, y la pulcritud de la vestimenta- porque hasta sus spikes brillaban-, eran la comidilla de la exigente afición del país.

Todo ese proceso rindió sus primeros frutos en la VIII Serie Nacional. En la misma, Changa, en defensa de la chamarreta del Habana, lideró los juegos ganados- 17, junto con Rolando Macías-, y quedó al frente de los ponchadores con 208, cifra que demoró mucho tiempo para ser pulverizada.

Dentro del elevado número de hombres incapaces de conectarle en esa campaña, brilló soberana por largo tiempo, en las temporadas élites cubanas, la marca de 20 estrucados propinada a la formación de Camagüey el 30 de enero de 1969.

Para corroborar la calidad incrementada del zurdo con el 32 a su espalda, no hubo mejor medida que la II Serie de Estrellas, en la que lanzó más que todos- 18.2 de capítulos -, y ponchó a 17 toleteros.

Y llegó, en 1969, el XVII Campeonato Mundial de Béisbol Aficionado en República Dominicana. En el mismo, el habanero lanzó una espesa lechada al combinado panameño, y en doce innings de actuación en el torneo, pues también relevó frente a México y Estados Unidos- ya en el choque decisivo-, no permitió anotación.

De reafirmar su clase estelar se encargó la IX Serie Nacional, pactada a 65 choques. En la misma, el zurdo, quien en esa oportunidad representó a Industriales, se empinó como máximo ponchador: 143.

Esa actuación a domicilio tuvo su colofón en la II Serie de Estrellas, el la cual Changa estuvo hermético: trabajó 18.2 entradas y ponchó a 17 orientales, al tiempo que completaba un juego.

Establecido como una pieza clave del pitcheo cubano, el Changa arribó a los XI Juegos Centroamericanos de Panamá-70 con una curva tan indescifrable, que en el choque contra México, el 2 de marzo, propinó 21 ponches a los atónitos chamacos- marca para esas contiendas de por vida-, y no paró hasta que repartió 37 sorbos amargos en total.

El XVIII Campeonato Mundial de 1970, celebrado en las ciudades colombianas de Barranquilla y Cartagena, fue testigo de un zurdo crecido frente al combinado de República Dominicana, al que derrotó 11-1, y solo le permitió cinco aislados incogibles.

En el accionar doméstico, la faena de Changa ganó tal altura, que este se tornó en un hueso muy duro de roer para todos los combinados que tomaban parte en las series nacionales de antaño; especialmente para los Azucareros.

Ese equipo marcaba pautas en los peleados campeonatos de la época, con una tanda encabezada por Antonio Muñoz, “Cheito” Rodríguez y Héctor Olivera (padre).

En definitiva, el astro, quien participó en 15 Series Nacionales y todos los torneos selectivos, estuvo activo hasta 1979, y culminó su fructífera labor con foja de 123 victorias con 67 derrotas, para promedio de .647 en ganados y perdidos.

Por otra parte, sus 41 lechadas marcaban el paso para un zurdo al momento de su intempestivo adiós, igual que los mil 420 ponches propinados. Tanta excelencia se complementa con que los contrarios solo le conectaban para un ínfimo .197, lo cual se emparentaba con su 1. 97 de carreras limpias permitidas.

En cuanto a su palmarés foráneo, tomó parte en cinco Campeonatos Mundiales, dos Juegos Panamericanos y otros tantos Centroamericanos, amén de diversas competencias de carácter amistoso e intercambios.

En estos, hablan por sí mismas sus 28 sonrisas frente a 6 disgustos, 23 carreras limpias permitidas, 163 hombres retirados por la vía de los strikes, y un rutilante PCL de 1.63.

El fallecimiento del lanzador zurdo más prominente de las primeras 19 Series Nacionales cubanas acaeció el 15 de diciembre de 1979 debido a un lamentable accidente de transito en el municipio de Arroyo Naranjo.

Sus aceradas curvas, ética inobjetable e inconmovible defensa del uniforme que llevaba encima se han convertido, desde entonces, en acicate para los que como él deseen asaltar el cielo desde el montículo.

Fuente: Prensa Latina

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